From the Desk

Home / From the Desk


SUNDAY REFLECTIONS

From the Desk of Father Fernando Bonilla, msp.

“…He was teaching his disciples”


Walking with Jesus by our side is a source of teaching since: “…
He was teaching his disciples”. Walking with him and letting him teach us along the way can be what makes the difference between living well and living to live. It is necessary to walk with Jesus certainly, but to walk receiving his teachings. This moment expresses movement, since it is done along the way, which reminds us that life is expressed in action, not in passivity or stagnation, in the action of each day. Therefore, you learn from Him by being active and in action. Last Sunday we were invited to demonstrate our faith with works, therefore we cannot rest easy letting time pass without taking advantage of it by learning and doing good, we must express our faith at all times; It should be remembered that prayer is also movement since it implies a dialogue in which God speaks to me and I listen, and vice versa. We cannot let others take over our time and use it as they want and according to their own interests. If today we do not take care of what we should, tomorrow others will do it in their own way. For example: if we don’t educate our children
today, tomorrow others will do it, but in their own way. If today we are not protagonists of our own life and we are only spectators, tomorrow we will not be able to do anything, a spectator only sees what others do. It is not only living by living, it is living learning but with Jesus, and to learn from Jesus we have to walk with Him.

“…iba enseñando a sus discípulos”


Caminar con Jesús a nuestro lado es fuente de enseñanza ya
que: “…iba enseñando a sus discípulos”. Caminar con Él y dejar que nos enseñe durante el camino puede llegar a ser lo que marque la diferencia entre vivir bien y vivir por vivir. Hace falta caminar con Jesús ciertamente, pero caminar recibiendo sus enseñanzas. Este momento expresa movimiento, ya que se hace durante el camino, lo que nos hace recordar que la vida se expresa en acción, no en la pasividad o en el estancamiento, en la acción de cada día. Por lo tanto se aprende de Él estando en movimiento, en acción. El pasado domingo se nos invitaba a demostrar nuestra fe con obras, por lo tanto no podemos estar tranquilos dejando pasar el tiempo sin aprovecharlo aprendiendo y haciendo el bien, debemos expresar nuestra fe en todo momento; cabe recordar que también la oración es movimiento ya que implica un diálogo en el que Dios me habla y yo escucho, y viceversa. No podemos dejar que otros se adueñen de nuestro tiempo y lo utilicen como quieran y de acuerdo a sus propios intereses. Si hoy no nos ocupamos de lo que deberíamos, mañana otros lo van a hacer a su modo. Por ejemplo: si hoy no educamos a nuestros hijos, mañana lo van a hacer otros pero a su manera. Si hoy no somos protagonistas de nuestra propia vida y sólo somos espectadores, mañana no vamos a poder hacer nada, un espectador solo ve lo que otros hacen. No sólo es vivir por vivir, es vivir aprendiendo pero c

Este Domingo quisiera compartirles una joya de reflexión que nos escribió el Papa Benedicto XVI hace ya 9 años. Meditemos juntos el siguiente mensaje.

P. Angel Alfredo Castro González, msp

Ángelus (23-09-2012): El realmente grande se hace pequeño.
En nuestro camino con el Evangelio de san Marcos, el domingo pasado entramos en la segunda parte, esto es, el último viaje hacia Jerusalén y hacia el culmen de la misión de Jesús. Después de que Pedro, en nombre de los discípulos, profesara la fe en Él reconociéndolo como el Mesías (cf. Mc 8, 29), Jesús empieza a hablar abiertamente de lo que le sucederá al final. El evangelista refiere tres predicciones sucesivas de la muerte y resurrección, en los
capítulos 8, 9 y 10: en ellas Jesús anuncia de manera cada vez más clara el destino que le espera y su intrínseca necesidad. El pasaje de [hoy] contiene el segundo de estos anuncios. Jesús dice: «El Hijo del hombre —expresión con la que se designa a sí
mismo— va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará» (Mc 9, 31).
Pero los discípulos «no entendían lo que decía y les daba miedo preguntarle» (v. 32). En efecto, leyendo esta parte del relato de Marcos se evidencia que entre Jesús y los discípulos existía una
profunda distancia interior; se encuentran, por así decirlo, en dos longitudes de onda distintas, de forma que los discursos del Maestro no se comprenden o sólo es así superficialmente. El apóstol
Pedro, inmediatamente después de haber manifestado su fe en Jesús, se permite reprocharle porqué ha predicho que tendrá que ser rechazado y matado. Tras el segundo anuncio de la pasión, los discípulos se ponen a discutir sobre quién de ellos será el más grande (cf. Mc 9, 34); y después del tercero, Santiago y Juan piden a Jesús poderse sentar a su derecha y a su izquierda, cuando esté en la gloria (cf. Mc 10, 34-35). Existen más señales de esta distancia: por ejemplo, los discípulos no consiguen curar a un muchacho epiléptico, a quien después Jesús sana con la fuerza de la oración (cf. Mc 9, 14-29); o cuando se le presentan niños a Jesús, los discípulos les regañan y Jesús en cambio, indignado, hace que se queden y afirma que sólo quien es como ellos puede entrar en el Reino de Dios (cf. Mc 10, 13-16).
¿Qué nos dice todo esto? Nos recuerda que la lógica de Dios es siempre «otra» respecto a la nuestra, como reveló Dios mismo por boca del profeta Isaías: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos» (Is 55, 8). Por esto seguir al Señor requiere siempre al hombre una profunda conversión —de todos nosotros—, un cambio en el modo de pensar y de vivir; requiere abrir el corazón a la escucha para dejarse iluminar y transformar interiormente. Un punto clave en el que Dios y el hombre se diferencian es el orgullo: en Dios no hay orgullo porque Él es toda la plenitud y tiende todo a amar y donar vida; en nosotros los
hombres, en cambio, el orgullo está enraizado en lo íntimo y requiere constante vigilancia y purificación. Nosotros, que somos pequeños, aspiramos a parecer grandes, a ser los primeros; mientras que Dios, que es realmente grande, no teme abajarse y hacerse el último. Y la Virgen María está perfectamente «sintonizada» con Dios. Invoquémosla con confianza para que nos enseñe a seguir fielmente a Jesús en el camino del amor y de la humildad.